Cuando los hombres buenos resolvían los conflictos

¿Dónde están los «hombres buenos»?

Ceuta y Melilla, Gibraltar, el Tajo-Segura, Doñana… seguimos discutiendo por fronteras, territorio, agua y recursos. Hace siglos, cuando dos comunidades no conseguían ponerse de acuerdo, podían recurrir a los llamados «hombres buenos». En unas montañas del norte de Palencia ocurrió algo todavía más extraordinario: el acuerdo sobrevivió a quienes lo firmaron.

Ceuta y Melilla. Gibraltar. El Tajo-Segura. Doñana.

Basta seguir las noticias para comprobar que algunos de los grandes conflictos de nuestro tiempo continúan girando alrededor de cuestiones antiquísimas.

¿De quién es un territorio?

¿Dónde termina una frontera?

¿Quién puede utilizar un recurso?

¿Quién tiene derecho al agua?

¿Qué ocurre cuando los derechos históricos de una parte chocan con las necesidades de otra?

En el verano de 2026, Ceuta volvió a ocupar titulares por la situación de su frontera con Marruecos y por la reaparición del debate sobre las reivindicaciones marroquíes respecto a Ceuta y Melilla.

Gibraltar continúa siendo otro ejemplo completamente diferente. En julio de 2026 se produjo un nuevo avance en las relaciones entre la Unión Europea y el Reino Unido destinado a facilitar la convivencia y los intercambios a ambos lados de la Verja, mientras España mantiene su histórica posición sobre la soberanía.

El Tajo-Segura nos lleva a otro tipo de disputa. Aquí no se habla de soberanía, sino del reparto de un recurso cada vez más valioso: el agua. El trasvase continúa generando enfrentamientos políticos, económicos, territoriales y ambientales décadas después de su puesta en funcionamiento.

Y Doñana representa otro conflicto distinto: agricultura, agua, conservación y desarrollo económico compitiendo alrededor de uno de los ecosistemas más importantes de Europa.

No son conflictos equivalentes.

Compararlos como si fueran el mismo problema sería absurdo.

Pero todos ellos hacen aparecer palabras que llevan siglos acompañándonos:

territorio. Agua. Recursos. Límites. Derechos. Vecinos.

¿Qué hacemos cuando las dos partes están convencidas de tener razón?

Hoy recurrimos a gobiernos, jueces, abogados, tribunales, negociadores, comisiones técnicas, mediadores, árbitros y organismos internacionales.

Hace siglos existían también tribunales, procuradores, escribanos y autoridades.

Pero aparecía además una figura con un nombre que hoy resulta casi desconcertante.

Los «hombres buenos».

No eran santos.

Ni héroes.

Ni necesariamente hombres neutrales en el sentido moderno.

Eran personas respetadas, conocedoras de las costumbres y aceptadas por las partes para intentar resolver una controversia.

Los documentos antiguos utilizan expresiones como árbitros amigables componedores, alcaldes de avenencia, abenidores o componedores.

Su trabajo consistía en algo que todavía hoy continúa siendo extraordinariamente difícil:

Conseguir que dos partes enfrentadas aceptaran una solución y pudieran seguir viviendo juntas al día siguiente.

Para encontrar uno de los mejores ejemplos tenemos que abandonar las grandes fronteras internacionales, los debates parlamentarios y los titulares de prensa.

Tenemos que viajar hasta la Montaña Palentina.

Y retroceder más de seis siglos.

Una montaña donde una frontera significaba sobrevivir

Hoy podemos subir a estas montañas para caminar, contemplar el paisaje o disfrutar de uno de los lugares más hermosos de la Cordillera Cantábrica.

Pero en la Edad Media una montaña no era principalmente paisaje.

Era economía.

Era supervivencia.

Un pasto alimentaba el ganado.

El ganado alimentaba a las familias.

Una fuente podía transformar un terreno.

Y disponer del agua necesaria para mantener los pastos podía determinar la prosperidad de todo un pueblo.

Por eso los límites importaban.

Mucho.

En aquellas montañas convivían dos comunidades vecinas.

Al norte, el Valle de los Redondos, con San Juan de Redondo y Santa María de Redondo.

Al otro lado, Brañosera.

Y entre ambas se encontraban lugares cuyos nombres terminarían repitiéndose durante siglos en documentos, pleitos y acuerdos:

Covarrés.

Sel de la Fuente.

Todo empieza mucho antes: 824

Para comprender la historia hay que retroceder todavía más.

Hasta el año 824.

Ese año, el conde Munio Núñez otorgó la Carta Puebla de Brañosera, considerada tradicionalmente la carta puebla más antigua de España.

Aquel fuero reconocía derechos a quienes estaban poblando aquel territorio y establecía sus límites.

Pero es importante hacer una precisión:

La Mojonera no nació en 824.

Lo que encontramos entonces es el escenario jurídico y territorial sobre el que, siglos después, surgirán conflictos con comunidades vecinas.

La propia declaración oficial de La Mojonera como Bien de Interés Cultural relaciona los posteriores enfrentamientos con aquellos antiguos privilegios de Brañosera.

Las generaciones cambiaron.

Los reinos cambiaron.

Los gobernantes cambiaron.

Pero los pastos siguieron siendo necesarios.

El agua siguió siendo necesaria.

Y los límites siguieron allí.

Hasta que en 1399 el desacuerdo terminó por escrito.

1399: el primer pleito documentado

El motivo nos resulta perfectamente comprensible más de seiscientos años después.

Los vecinos de Redondo necesitaban aprovechar los pastos de Covarrés y Sel de la Fuente.

Brañosera defendía sus derechos sobre aquellos terrenos.

La documentación conservada permite incluso conocer los nombres de quienes representaron a las partes.

Por Brañosera intervino Juan Toribio.

Por Redondo, Juan Martínez de la Rroal.

Pero lo realmente interesante ocurrió cuando ambos concejos aceptaron dejar la decisión en manos de dos componedores.

Por Redondo:

Juan de la Lastra.

Por Brañosera:

Domingo Martínez.

Eran denominados «alcaldes de avenencia» o «abenidores».

Las partes se comprometieron de antemano a aceptar lo que decidieran.

Y para demostrar que aquello no era una simple conversación entre vecinos se estableció una sanción de 2.000 maravedís para quien incumpliera la sentencia.

Aquellos hombres tenían que resolver el problema.

Y su solución contiene probablemente la primera gran enseñanza de esta historia.

De sol a sol

No dividieron simplemente la montaña en dos y expulsaron a cada vecino al lado que le correspondía.

Hicieron algo bastante más sofisticado.

Reconocieron la diferencia entre ser propietario de un territorio y tener derecho a aprovechar una parte de sus recursos.

Los ganados de Redondo podrían pastar en Sel de la Fuente y Covarrés.

Pero solamente durante el día.

Al ponerse el sol debían retirarse.

La expresión que quedó en la documentación es magnífica:

«De sol a sol».

Y el acuerdo era recíproco.

Los ganados de Brañosera podían aprovechar durante el día determinados terrenos de Redondo.

Por la noche, los animales tenían que regresar.

Si no lo hacían podían ser prendados.

Además, el acuerdo dejaba claro que los derechos de aprovechamiento no suponían necesariamente adquirir la propiedad o jurisdicción sobre esos terrenos.

Es una distinción extraordinariamente moderna:

Propiedad no significa necesariamente uso exclusivo.

O dicho de otra forma:

No repartieron simplemente el territorio. Compartieron su aprovechamiento.

Y aparece incluso un pequeño detalle que humaniza toda aquella documentación.

Según la transcripción histórica, Redondo debía entregar cada año a Brañosera, por Corpus, una cántara de vino.

El vino ya estaba presente en aquel acuerdo de 1399.

Muchos siglos después volveremos a encontrarlo.

Pero todavía queda mucha historia.

Porque los buenos acuerdos no eliminan necesariamente los problemas para siempre.

176 años después

Pasaron casi dos siglos.

Quienes habían discutido en 1399 habían desaparecido.

También sus hijos.

Y sus nietos.

Pero Covarrés seguía allí.

Sel de la Fuente seguía allí.

El agua seguía allí.

Los pastos seguían allí.

Y en 1575 el conflicto reapareció.

La causa inmediata resulta casi cinematográfica.

Brañosera prendió reses de Redondo que estaban pastando en Sel de la Fuente-Covarrés.

Redondo hizo lo propio con animales de Brañosera que pastaban en términos de Redondo, entre ellos Hormazuelas, Entrepeñas y Las Traviesas.

Cada concejo consideraba que el otro estaba vulnerando sus derechos.

Había ganado retenido.

Había intereses económicos.

Había antiguos documentos.

Había memoria.

Y había un conflicto.

Entonces ocurrió nuevamente algo importante.

Volvieron a buscar personas capaces de componerlo.

Herreruela, septiembre de 1575

El 19 de septiembre de 1575 los representantes de ambos concejos se encontraron en Herreruela.

Allí se formalizó una carta de compromiso.

Pero los componedores de 1575 no eran Juan de la Lastra y Domingo Martínez.

Aquellos pertenecían al conflicto de 1399.

En 1575 fueron designados como jueces amigables componedores:

Hernando Sánchez de Cosío, señor de la casa de Mata de Hoz.

Y Pedro Díaz de la Hayuela, escribano de Cervera.

Posteriormente, el 10 de octubre, ambos nombraron como tercero a Juan Díez, vecino de Potes.

Dos días más tarde, el 12 de octubre de 1575, los tres firmaron la sentencia en San Juan de Redondo.

Entre una fecha y otra había ocurrido algo que nos permite casi entrar en aquella sala.

Los vecinos hablaron.

Muchos.

Un juicio en el que podemos escuchar a los vecinos

La transcripción realizada siglos después por Laureano Pérez Mier permite conocer las preguntas formuladas a los testigos y reconstruir las posiciones enfrentadas.

Redondo sostenía que necesitaba Sel de la Fuente por su proximidad y, especialmente, por disponer allí de agua en un entorno donde otros terrenos eran más secos.

También intentaba demostrar un aprovechamiento tradicional de aquellos pastos.

Brañosera defendía sus derechos históricos, la propiedad de sus términos y la reciprocidad del aprovechamiento en terrenos pertenecientes al Valle de Redondo.

Los testimonios hablan de rebaños.

De ovejas.

De pastos arrendados.

De caminos.

De fuentes.

De términos.

De lugares hoy todavía reconocibles.

Incluso se discute cuánto utilizaba realmente Brañosera Sel de la Fuente y cuánto necesitaban aquellos pastos los vecinos de Redondo.

No estamos leyendo una discusión abstracta.

Estamos escuchando a una sociedad que dependía directamente de la montaña para sobrevivir.

Y finalmente hubo sentencia.

«Ser buenos amigos»

La resolución de 1575 consiguió establecer una delimitación y regular el aprovechamiento de los pastos de forma satisfactoria para ambas comunidades.

Pero entre toda aquella documentación jurídica ha sobrevivido una frase que quizá sea más importante que muchas de las disposiciones sobre límites.

Se exhortaba a los vecinos a:

«Ser buenos amigos y hacer buenas obras», como habían hecho sus mayores y antepasados.

Pensemos un momento en lo que significa.

No bastaba con decidir quién tenía razón.

No bastaba con colocar una frontera.

No bastaba con recuperar las vacas.

Los dos pueblos continuarían allí.

Al día siguiente.

Y al año siguiente.

Y cien años después.

Por tanto, un buen acuerdo tenía que resolver algo más importante que el pleito:

Tenía que permitir que continuaran siendo vecinos.

Ahí está probablemente la verdadera inteligencia de aquel sistema.

Un acuerdo no siempre consigue que una de las partes convenza a la otra.

A veces consigue algo bastante más útil:

Que dos partes que continúan pensando diferente encuentren una manera de convivir.

El problema que ningún juez puede resolver

Pero quedaba otra dificultad.

¿Cómo hacer que el acuerdo sobreviviera a las personas que lo habían firmado?

Una sentencia puede guardarse en un archivo.

Pero una generación desaparece.

Después otra.

Un mojón puede cubrirse de maleza.

Una piedra puede moverse.

Un topónimo puede olvidarse.

Un anciano que conoce perfectamente un límite puede morir sin habérselo mostrado a sus nietos.

Y entonces vuelve el conflicto.

Las comunidades encontraron una solución extraordinariamente sencilla:

Había que regresar a la montaña.

No una vez.

Sino periódicamente.

Había que recorrer físicamente el terreno.

Buscar las piedras.

Comprobarlas.

Reconocer nuevamente los límites.

Llevar a los jóvenes.

Recordar el acuerdo.

Y dejar constancia escrita de que ambos pueblos seguían aceptándolo.

Aquello acabaría convirtiéndose en una tradición.

Pero aquí debemos introducir otro matiz histórico importante.

La Mojonera no nació de golpe

Es tentador decir que en 1575 se inventó exactamente La Mojonera que conocemos hoy.

La realidad parece más interesante.

El pleito y la concordia de 1575 constituyen uno de los grandes fundamentos históricos de la celebración.

Sin embargo, la propia declaración oficial como Bien de Interés Cultural recoge una tradición oral según la cual la configuración del recorrido periódico actual pudo consolidarse entre 1800 y 1892, después de la muerte de un pastor en Sel de la Fuente y del conflicto surgido en torno a quién debía hacerse cargo de su enterramiento.

Habría sido entonces cuando se detallaron con especial precisión las características y ubicación de los mojones y se estableció el recorrido periódico mediante acta notarial.

Podemos, por tanto, entender la historia como una larga evolución:

  • 824: origen remoto de determinados derechos territoriales.
  • 1399: primer pleito documentado conocido entre Brañosera y Redondo sobre estos aprovechamientos.
  • 1575: nuevo conflicto, intervención de componedores y una concordia fundamental.
  • Siglos posteriores: consolidación del recorrido ritual y periódico.

Hasta recibir el nombre con el que ha llegado hasta nuestros días.

La Mojonera

Cada nueve años, en los primeros días de septiembre, vecinos de Brañosera y del Valle de los Redondos vuelven a la montaña.

No para discutir quién ganó el pleito.

Sino para comprobar que continúa vigente el acuerdo.

Recorren los 28 mojones vinculados al recorrido tradicional.

Buscan las piedras.

Las identifican.

Retiran la maleza cuando es necesario.

Comparan su posición con la descripción conservada.

Y un notario deja constancia de la comprobación mediante la correspondiente escritura del recorrido de La Mojonera.

Pero ocurre algo todavía más interesante.

Los mayores llevan a los niños.

Los niños buscan los mojones.

Escuchan.

Preguntan.

Aprenden dónde están.

Y pueden participar también en la firma del acta.

Ahí está posiblemente una de las razones por las que el acuerdo ha sobrevivido.

No se limitan a conservar un documento. Conservan el conocimiento.

Una generación enseña a la siguiente dónde están las piedras y, al hacerlo, le transmite también por qué están allí.

Cada uno come en su territorio

Después del recorrido se produce uno de los momentos más fascinantes de toda la ceremonia.

Los dos vecindarios no celebran inmediatamente una gran comida conjunta.

Cada comunidad come en su propio territorio.

La separación continúa existiendo.

Cada pueblo mantiene su identidad.

Cada uno sabe dónde está.

Cada uno sabe lo que le pertenece.

Y precisamente después de reafirmar esa diferencia hacen algo completamente distinto:

se encuentran.

Y brindan juntos.

Es difícil imaginar una representación más perfecta del acuerdo.

No se trata de borrar las diferencias. Se trata de conseguir que las diferencias no impidan la convivencia.

Las copas de plata

Para ese brindis no utilizan vasos cualquiera.

Cada concejo conserva sus antiguas copas de plata.

Las de los Redondos son más bajas.

Las de Brañosera presentan una forma más ancha, semejante a antiguos recipientes litúrgicos.

Son objetos que han ido pasando de generación en generación y que adquieren todo su significado cuando vuelven a aparecer en la montaña.

Entonces se llenan.

Las dos comunidades se acercan.

Y beben.

Es difícil no recordar aquella cántara de vino que ya aparecía en el acuerdo de 1399.

Seiscientos años de documentos.

Pleitos.

Vacas prendadas.

Procuradores.

Testigos.

Sentencias.

Mojones.

Notarios.

Y al final:

un brindis.

El pleito que terminó en un brindis

La tradición ha continuado en época contemporánea.

Está documentada la celebración de 1991.

Después llegó 2000.

Nueve años más tarde, 2009.

Y en 2018, vecinos de San Juan de Redondo, Santa María de Redondo y Brañosera volvieron a recorrer los mojones y renovar aquella memoria compartida.

La periodicidad tiene una consecuencia extraordinaria.

Una persona que participó de niño puede regresar nueve años después como joven.

Después como adulto.

Más tarde llevando a sus hijos.

Y quizá décadas después enseñando el camino a sus nietos.

La Mojonera convierte así el paso del tiempo en parte de la propia ceremonia.

2022: Bien de Interés Cultural

El 13 de octubre de 2022, la Junta de Castilla y León declaró oficialmente:

«La Mojonera de Brañosera y el Valle de los Redondos»

como Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial.

La declaración destaca precisamente aquello que hace extraordinaria esta tradición: la capacidad de dos comunidades de transformar un conflicto alrededor de recursos fundamentales en un sistema de convivencia que ha podido transmitirse durante generaciones.

2027: volver a la montaña

Han pasado nueve años desde 2018.

El ciclo vuelve a cumplirse.

La próxima Mojonera corresponde a 2027, previsiblemente durante el mes de septiembre, aunque la fecha concreta deberá confirmarse cuando se publique oficialmente.

Será además una edición especialmente importante.

Será la primera Mojonera celebrada después de su declaración como Bien de Interés Cultural en 2022.

Los vecinos volverán a subir.

Volverán a buscar los mojones.

Los niños volverán a acompañar a los mayores.

El notario volverá a levantar acta.

Cada comunidad volverá a comer en su territorio.

Y al final volverán a aparecer las copas de plata.

No estarán celebrando que Brañosera venció a Redondo.

Ni que Redondo venció a Brañosera.

Celebrarán algo bastante más difícil:

que consiguieron ponerse de acuerdo.

¿Y qué tiene esto que ver con Ceuta, Gibraltar, el Tajo o Doñana?

Nada.

Y mucho.

La Mojonera no ofrece una solución para Gibraltar.

Ni para Ceuta y Melilla.

Ni puede trasladarse un acuerdo ganadero del siglo XVI a la política hidráulica del Tajo-Segura.

Ni una sentencia sobre pastos puede resolver los problemas ambientales de Doñana.

Las dimensiones jurídicas, políticas, territoriales, ambientales e internacionales son completamente diferentes.

Pretender lo contrario sería convertir la historia en una caricatura.

Pero hay principios que sí sobreviven al tiempo:

  • Reconocer que existe un conflicto.
  • Escuchar a las dos partes.
  • Buscar personas en las que ambas confíen.
  • Diferenciar propiedad y aprovechamiento cuando sea posible.
  • Aceptar la reciprocidad.
  • Establecer reglas comprensibles.
  • Definir claramente los límites.
  • Dejar los acuerdos por escrito.
  • Revisarlos periódicamente.
  • Transmitirlos a la siguiente generación.

Y, sobre todo:

Pensar no solamente en quién tiene razón hoy, sino en cómo tendrán que convivir las partes mañana.

Quizá ahí reside la verdadera modernidad de aquella vieja historia.

¿Siguen existiendo los «hombres buenos»?

Llegados a este punto podemos responder a la pregunta del título.

Y la respuesta resulta sorprendente.

Sí.

No solamente sobrevive la idea.

En España siguen existiendo literalmente unos Hombres Buenos.

En la Huerta de Murcia continúa funcionando el Consejo de Hombres Buenos, un tribunal consuetudinario encargado de resolver conflictos relacionados tradicionalmente con los riegos y los cauces.

La legislación española reconoce expresamente al Consejo de Hombres Buenos de Murcia como Tribunal consuetudinario y tradicional.

Además, desde 2009, el Consejo de Hombres Buenos de Murcia y el Tribunal de las Aguas de la Huerta de Valencia forman parte de la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO.

Más de seis siglos después de aquel pleito entre Brañosera y Redondo encontramos todavía comunidades que confían determinadas discrepancias sobre recursos naturales a personas respetadas por su experiencia y conocimiento.

Quizá hemos modernizado las palabras:

Mediación.

Arbitraje.

Conciliación.

Negociación.

Pero la pregunta continúa siendo prácticamente la misma:

¿En quién confiamos cuando ya no somos capaces de ponernos de acuerdo solos?

Lo verdaderamente extraordinario de La Mojonera

Podríamos contemplar La Mojonera simplemente como una antigua tradición de la Montaña Palentina.

Sería bonito.

Pero sería quedarse en la superficie.

También podríamos verla como una curiosidad jurídica.

Unos mojones.

Un notario.

Unas copas antiguas.

Un pleito del siglo XVI.

Y también nos quedaríamos cortos.

Porque lo extraordinario no es que Brañosera y el Valle de los Redondos llevaran siglos discutiendo.

La humanidad está llena de pleitos que duran siglos.

Lo extraordinario es otra cosa.

Sus descendientes heredaron el acuerdo y no el enfrentamiento.

Los hombres que discutieron en 1399 murieron.

Los que volvieron a enfrentarse en 1575 también.

Los componedores murieron.

Los jueces murieron.

Los testigos murieron.

Los pastores murieron.

Pero permanecieron las piedras.

Permanecieron los documentos.

Permanecieron las copas.

Y sobre todo permaneció una idea:

Cada cierto tiempo hay que volver y recordar aquello que un día permitió dejar de pelear.

En 2027 volverán a hacerlo.

Hace siglos sus antepasados subieron a aquellas montañas porque estaban enfrentados.

Sus descendientes volverán a subir juntos porque consiguieron dejar de estarlo.

Quizá por eso, mientras el mundo continúa discutiendo por fronteras, territorio, agua y recursos, merece la pena mirar durante un momento hacia una pequeña zona de la Montaña Palentina.

Allí no encontraron una solución perfecta.

Encontraron algo seguramente más importante.

Una solución que pudieron aceptar.

Una solución que pudieron transmitir.

Una solución que sobrevivió a quienes la firmaron.

Y quizá la pregunta final ya no sea:

¿Dónde están los «hombres buenos»?

Sabemos que algunos todavía existen.

Quizá la verdadera pregunta sea otra:

Cuando llegue nuestro próximo gran conflicto, ¿seguiremos estando dispuestos a escucharlos?


Fuentes y documentación

Scroll al inicio